Cada vez que se publica un informe PISA, volvemos a mirar las tablas, las medias y los puestos.
Pero detrás de cada cifra hay alumnos concretos y aulas muy distintas entre sí. Tras la publicación de cada informe, conviene leer los datos con atención, sin convertirlos en una competición entre países ni en un juicio o evaluación sobre quienes trabajan en los centros.
En España, el alumnado de 15 años quedó por debajo de la media de la OCDE en ciencias, matemáticas y lectura. Los resultados también fueron inferiores a los de 2015 y se encuentran entre los más bajos registrados por nuestro país. Desde entonces ha aumentado la proporción de estudiantes que no alcanza el nivel básico, sobre todo en lectura y matemáticas. No es motivo para buscar culpables de inmediato, pero sí para preguntarnos qué está fallando y qué apoyos hacen falta.
PISA nos ofrece una fotografía útil, aunque parcial. Evalúa cómo resuelven los estudiantes determinadas tareas; pero no puede contemplar ni resumir todo lo que aprenden ni explicar por sí sola por qué obtienen esos resultados. Tampoco sería justo atribuirlos a una única ley o decisión. Aun así, cuando las dificultades se repiten, hay que tomarlas ya en serio.

El propio informe pone el foco en algo que los docentes conocen bien: las condiciones en las que se enseña. Los equipos directivos señalaron que la falta de docentes dificultaba la enseñanza, al menos en cierta medida, en centros a los que acudía el 49 % del alumnado. Para el personal de apoyo, la cifra llegaba al 72 %. También aumentó el número de centros donde se percibían carencias de materiales o de instalaciones. Son datos que invitan a hablar menos de soluciones mágicas y más de recursos, estabilidad y tiempo para atender bien a cada alumno.
El clima de aula merece la misma atención. El ruido y las interrupciones dificultan el trabajo, mientras que el apoyo del docente sigue siendo una fortaleza: muchos estudiantes dicen que sus profesores se interesan por cómo aprenden y les ayudan cuando lo necesitan. Ese vínculo no se sostiene solo. Hace falta que las familias y los centros puedan trabajar juntos y que los equipos educativos cuenten con medios para responder a situaciones cada vez más diversas.
No necesitamos otra sucesión de cambios que apenas dé tiempo a poner en práctica sin ni siquiera llegar a ser evaluados ni extraer conclusiones. Necesitamos medidas que lleguen al aula y puedan mantenerse: refuerzo para quienes lo necesitan, orientación suficiente, grupos que permitan atender al alumnado, formación útil y tiempo para coordinarse. Y necesitamos escuchar a quienes conocen de primera mano lo que funciona y lo que no: los docentes.
Hay también motivos para no caer en una lectura derrotista. En España, una proporción de estudiantes similar a la media de la OCDE alcanza el nivel mínimo en las tres materias. Sin embargo, tenemos menos alumnado en los niveles más altos. El desafío es doble: que nadie se quede atrás y que quienes pueden avanzar más encuentren oportunidades para hacerlo.
PISA no debería dictar la política educativa ni servir de munición en una disputa partidista. Puede ayudarnos a hacer mejores preguntas y a comprobar, con el tiempo, si las respuestas y actuaciones puestas en marcha funcionan. La mejora no se logra con titulares ni con reformas permanentes. Se construye con estabilidad, recursos adecuados y confianza en quienes cada día abren la puerta de las aulas.


