Ya es Navidad, y no sólo en El Corte Inglés. También en Mercadona y, cómo no, en nuestras aulas. Porque, si lo pensamos bien, el primer colegio del mundo fue el portal de Belén, una escuela rural, sin calefacción, con matrícula viva, recursos limitados y alumnado diverso.

Allí estaban padres y madres, aula de cero a tres años, y nosotros, los pastores, que aún cansados acudimos con ilusión. Incluso los Reyes Magos, que visitan solo una vez al año con regalos, seguramente digitales, que no siempre es los que hace falta, pero cuestan menos que una jornada completa.
Pues bien, como no puede ser de otra manera, toda Navidad viene con regalos, regalos que en España se piden a sus Majestades, no a los Reyes Magos; a saber, Educación, Hacienda y Bienestar Social. Y si me permiten emularé esas cartas que pedimos nos redacte nuestro alumnado para Gaspar, Melchor y Baltasar, pero en este caso a nuestros tres –hasta ahora– ilusionistas, que no magos.
Queridos Ilusionistas:
Este año hemos sido buenos, demasiado incluso. Hemos asistido a todas las reuniones, hemos rellenado todas las plataformas sin estrellarlas (aunque ganas no faltaban) y no hemos tirado la toalla ni cuando nos pidieron otra vez el plan de convivencia en formato PDF, Word, Excel y papiro egipcio.
Por eso pedimos una homologación salarial justa en todo el Estado, que no pedimos oro, pero al menos un poco de incienso presupuestario, porque, a estas alturas, la mirra se nos atraganta. Menos burocracia, que, si José y María hubieran tenido que rellenar una memoria para alojarse en el portal, el Niño habría nacido en primavera. Plantillas estables, para que no haya que recurrir cada año al milagro de los peces y los interinos. Que ya está bien de contratación divina a última hora y precariedad laboral, que si los pastores hubieran estado a media jornada no habría ninguna oveja en el portal.
“Pedimos una homologación salarial justa en todo el Estado, que no pedimos oro, pero al menos un poco de incienso presupuestario”
Apoyo real a la inclusión, a la igualdad de oportunidades y a la equidad educativa con una financiación suficiente, que lo de “nació en un pesebre” y reinó en los cielos, suena poético, pero sin docentes ni recursos no habría pasado de ensayo general.
Respeto profesional, que los docentes somos más que figuritas del Belén, sosteniendo el portal cada día, sin musgo ni serrín que nos abrigue.
Y ya puestos, Majestades, o Excelentísimos, si podéis, haced que las ratios bajen, al menos dejaremos de poner nombres bíblicos a las aulas: “el Arca de primero”, “el Apocalipsis de segundo”, o “la Torre de Babel de cuarto”.
También queremos que la escuela pública deje de ser el establo donde se resuelva todo con un “ya lo harán los docentes”, como si fuéramos los bueyes y las mulas que pueden cargar con todo. Y, si no es mucho pedir, que al final del trimestre no se nos aparezca el ángel custodio del acta digital diciendo “no consta evidencia de aprendizaje” bajo una luz cegadora.
En resumen, no queremos un milagro, solo unas cuantas cosillas que, si no es pedir demasiado, podrían caber en un BOE o en un presupuesto decente. Pero, como buenos docentes, lo pedimos con ironía, porque sabemos que los Reyes Magos son los padres y madres, es decir, los que tienen la pasta y la disposición para comprar los juguetes.
Eso sí, mientras esperamos, seguiremos en el cole de Belén, con frío, con esperanza, con fe en la educación y con la firme convicción de que la verdadera estrella no está en Oriente, sino en cada aula donde alguien enseña a leer, pensar y soñar.
Y, si el Ministerio no cumple, quizás esta vez tengamos que montar otro tipo de Belén.


