Aroma de mujer

Y ese gesto, casi siempre, tiene aroma de mujer: el de quien creyó, y sigue creyendo, en el poder transformador del aula. La escuela se ha sostenido muchas veces sobre espaldas femeninas que no buscaban protagonismo, sino sentido. Mujeres que no levantaron la voz para ser oídas, sino aulas para ser habitadas. La mujer docente ha sido y sigue siendo columna vertebral del sistema educativo. No por ocupar más plazas, sino por ocupar más almas.

En España lo supimos pronto, a finales del siglo XIX y comienzos del XX, aunque a muchas las conocimos tarde. María de Maeztu, que entendió la educación como vía para la emancipación femenina y creó la Residencia de Señoritas cuando aún parecía un atrevimiento pensar en mujeres universitarias. Rosa Sensat, pionera de la renovación pedagógica y firme defensora de la escuela pública como espacio de equidad y pensamiento crítico. María Goyri, Carmen de Burgos, Concepción Arenal, Justa Freire, Emilia Pardo Bazán o María Sánchez Arbó, todas ellas convencidas de que educar a una mujer era educar a una sociedad entera, aunque la sociedad aún no estuviera preparada para reconocerlo. Más cercana en el tiempo, Marta Mata, impulsora de una educación pública democrática y de calidad durante la Transición, cuando enseñar también era reconstruir país y ciudadanía.

Cuando hoy hablamos de igualdad, convivencia, bienestar emocional, liderazgo educativo o corresponsabilidad, convendría recordar que muchas de esas palabras llevan décadas encarnadas en mujeres concretas, con nombre y apellidos, que ya practicaban lo que ahora se formula en planes estratégicos y documentos oficiales, cuando se jugaban algo más que un titular, una consigna o unos votos.

Ellas abrieron caminos cuando educar a una mujer era un acto de rebeldía. Porque la educación, cuando es justa, siempre tiene algo de insurrección pacífica.

Más allá de nuestras fronteras, María Montessori nos enseñó a respetar la infancia y a acompañar la autonomía; Ellen Key habló del “siglo del niño” cuando aún no sabíamos escuchar; y Élise Freinet sostuvo, con discreción y firmeza, una escuela cooperativa y profundamente humana, donde aprender era también convivir y cuidar.

Hoy, en nuestras aulas españolas, laten todas esas herencias. Cada docente, hombre o mujer, que escucha, que acompaña, que sostiene, que lidera con humanidad, está conectado con una genealogía de mujeres que entendieron la educación como una forma de cuidar el mundo. Mujeres que triunfan y lideran nuestro universo docente como Amaya Mendikoetxea, rectora de la Universidad Autónoma de Madrid, Rosa Visiedo, rectora de la Universidad CEU San Pablo o Ana María Farré, promotora del liderazgo femenino que ha dado visibilidad a decenas de directivas educativas a través de proyectos como Mujeres Líderes en la Educación. Por eso, en este 8 de marzo, cuando hablamos de futuro, convendría mirar con respeto y gratitud a esas mujeres que, desde todos los rincones, han hecho de la educación un acto profundamente humano, profundamente igualitario, eliminando la desigualdad de género, luchando contra la brecha salarial y eliminando techos de cristal; a aquellas que hicieron de la educación un refugio.

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