Inicio_ANPE 628 Noviembre-Diciembre 2025En educación no todo vale: la enseñanza no se improvisa

En educación no todo vale: la enseñanza no se improvisa

En los últimos meses hemos asistido con creciente preocupación a un goteo de declaraciones y propuestas por parte de distintas administraciones educativas que parecen olvidar una verdad básica: enseñar no es algo que pueda improvisarse. La docencia requiere una preparación específica, una sólida base pedagógica y un profundo conocimiento del alumnado y de sus procesos de aprendizaje. No se es docente de la noche a la mañana.

Sin embargo, en lugar de afrontar con rigor y planificación el problema de la escasez de profesorado en determinadas especialidades –especialmente en Matemáticas, materias de FP y enseñanzas especiales–, algunos gobiernos autonómicos han optado por fórmulas improvisadas que suponen un riesgo evidente para la calidad del sistema educativo.

El caso más reciente es el denominado Plan de Rescate de Matemáticas anunciado por la Comunidad de Madrid, que plantea la posibilidad de que estudiantes universitarios de tercer curso de Matemáticas o de Ingenierías, e incluso profesores jubilados, puedan impartir clase en los institutos madrileños. Una medida que, lejos de resolver el problema, desprofesionaliza la enseñanza y degrada la función docente.

Para poder ejercer la docencia en la educación secundaria, la normativa estatal exige la obtención del Máster en Formación del Profesorado, un título que acredita la capacitación pedagógica y didáctica necesaria para enseñar. No se trata de un requisito burocrático ni de una barrera artificial, sino de una garantía de calidad educativa.

Este máster dota a los futuros docentes de herramientas esenciales para la práctica profesional: metodología, evaluación, gestión de aula, atención a la diversidad y tutoría, entre otras competencias. Ninguna de estas destrezas se adquiere simplemente por dominar una materia académica. Saber matemáticas no implica saber enseñarlas.

Permitir que personas sin esa formación entren en el aula equivale a convertir la educación en un campo de ensayo, en el que el alumnado se convierte en objeto de experimentación. Y eso es inadmisible en un sistema educativo que debe basarse en la profesionalidad, la estabilidad y la calidad.

Estas iniciativas, presentadas como soluciones urgentes, reflejan en realidad una falta de planificación estructural. Durante años, las administraciones han descuidado la previsión de plazas, la renovación generacional del profesorado y unas condiciones que hagan atractiva la docencia a los titulados universitarios, que acaban apostando por la empresa privada u otras opciones más rentables. 

El déficit de docentes en algunas áreas no es un fenómeno repentino. Es el resultado de una combinación de factores: oferta insuficiente de plazas, salarios poco competitivos, exceso de burocracia, inestabilidad laboral y falta de reconocimiento social. En este contexto, improvisar no solo no arregla el problema, sino que lo agrava, porque transmite a la sociedad el mensaje de que cualquiera puede enseñar, restando valor a una profesión ya sometida a una profunda desconsideración.

El profesorado percibe cada vez con mayor claridad esa sensación de desvalorización. Ver cómo se anuncian medidas sin contar con su opinión ni con la de sus representantes legítimos, ignorando su experiencia y conocimiento, contribuye a un malestar creciente y a una pérdida de vocaciones que amenaza el futuro de la educación pública.

Cada vez son más los profesionales que abandonan la docencia o que, tras completar su formación, optan por otras salidas laborales mejor valoradas. El fenómeno no es casual: la percepción de escaso apoyo y reconocimiento, unida a la precariedad y a la falta de estabilidad, está empujando a muchos docentes a renunciar a su vocación.

Cuando las administraciones tratan de suplir esas carencias mediante medidas improvisadas, el mensaje que se transmite es devastador: que la docencia es prescindible, que cualquiera puede hacerlo, que el esfuerzo de formarse y superar unas oposiciones carece de valor.

No se puede construir un sistema educativo sólido si se debilita su pilar fundamental: los docentes. En educación, no vale todo. No se puede gestionar la enseñanza pública con la lógica de la urgencia ni con el cortoplacismo político. Las aulas no son espacios para la improvisación, sino lugares de aprendizaje, convivencia y desarrollo integral que requieren estabilidad, planificación y respeto profesional, lo que permite que nuestros centros sean, en todas sus etapas, lugares en los que valores como la igualdad, la tolerancia y la solidaridad están presentes tanto en sus principios como en las acciones diarias.

El verdadero plan de rescate que necesita la educación no es el de las Matemáticas, sino el del profesorado. Solo una política sostenida de reconocimiento y mejora de las condiciones laborales podrá garantizar que los mejores titulados quieran dedicarse a enseñar.

Es imprescindible hacer atractiva la docencia, ofreciendo incentivos económicos y profesionales que reconozcan su importancia social; reducir la carga burocrática que hoy ahoga la labor pedagógica y resta tiempo a la enseñanza; aumentar la estabilidad y la seguridad laboral, especialmente para el profesorado interino; fomentar las vocaciones docentes desde la universidad, incorporando formación pedagógica básica en las titulaciones científicas y técnicas; y, por último, escuchar a los docentes y contar con su criterio en la toma de decisiones que afectan directamente al funcionamiento de los centros educativos.

El profesorado no pide privilegios, sino respeto y confianza. Pide poder enseñar con los medios adecuados, con tiempo para preparar sus clases, con un reconocimiento acorde a la responsabilidad que asume cada día frente a su alumnado.

ANPE ha advertido en reiteradas ocasiones del peligro que suponen las decisiones políticas improvisadas tomadas sin diálogo con la comunidad educativa. Ninguna reforma o iniciativa puede tener éxito si se ignora la voz de quienes conocen la realidad de las aulas.

El profesorado español ha demostrado sobradamente su compromiso, su profesionalidad y su capacidad de adaptación incluso en las circunstancias más difíciles. Lo mínimo que merece es ser escuchado y tener un papel activo en el diseño de las políticas educativas, porque sin la participación y el reconocimiento de los verdaderos profesionales de la enseñanza, cualquier medida –por bienintencionada que sea– está condenada al fracaso.

España no necesita soluciones improvisadas ni parches coyunturales, sino una apuesta firme por la profesionalización, la estabilidad y la dignificación de la enseñanza. El futuro educativo no se construye con atajos, sino con planificación, diálogo y respeto.

Permitir que personas sin formación pedagógica impartan clase no solo infringe la legalidad vigente, sino que mina la confianza en el sistema y transmite a la sociedad la idea equivocada de que educar es una tarea menor.

Por eso, desde ANPE reiteramos: la enseñanza no se improvisa. La solución no está en abrir las aulas a cualquiera, sino en fortalecer la profesión docente, reconocer su valor y garantizar que quienes la ejercen cuenten con la preparación, los medios y el respeto que merecen.

Solo así podremos asegurar una educación pública de calidad, con docentes motivados y con un alumnado que reciba lo mejor de ellos. Porque en educación, no vale todo.

En los países con los sistemas educativos más exitosos, la docencia se considera una de las profesiones de mayor prestigio y existen políticas activas de apoyo e incentivos para el profesorado que garantizan que nuestra labor reciba el reconocimiento que verdaderamente merece.

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